Iván Cárdenes

Mosaicos de la Vía Láctea: cómo conseguir más detalle con menos ángulo

tecnica · 14 de septiembre de 2026

La Vía Láctea en vertical y con gran detalle sobre el Roque Nublo, mosaico de quince tomas con un 56 mm desde el Páramo de la Degollada, en Tejeda

Casi toda la astrofotografía de paisaje se hace con gran angular, y con razón: permite incluir en una sola imagen una gran extensión de cielo y el paisaje que tenemos delante. Es una forma directa y muy efectiva de situar la Vía Láctea dentro del entorno.

Pero hay otra forma de plantear la fotografía cuando queremos conservar más detalle o abarcar una escena que supera el campo de visión de nuestro objetivo: el mosaico.

Qué aporta un mosaico

Un objetivo determina cuánto cielo podemos incluir en cada encuadre. Con un 16 mm, por ejemplo, podemos fotografiar una gran parte de la Vía Láctea de una sola vez. Con un 56 mm el campo de visión es mucho más reducido, pero esa misma superficie del sensor se concentra en una porción menor de cielo.

Esto permite registrar las estructuras de la Vía Láctea con mayor nivel de detalle: el polvo galáctico, las nebulosas y las nubes oscuras ocupan más píxeles y adquieren una presencia que puede perderse cuando fotografiamos una extensión de cielo mucho mayor.

El problema es que con un 56 mm ya no podemos incluir toda esa escena en un único encuadre. Y aquí es donde entra el mosaico.

Qué es un mosaico

Un mosaico consiste en dividir una escena en varios encuadres que se solapan entre sí, fotografiarlos por separado y unirlos posteriormente en una única imagen.

En astrofotografía de paisaje esto tiene dos ventajas. Por un lado, podemos abarcar una superficie de cielo mucho mayor que la que permitiría un solo encuadre con ese objetivo. Por otro, al utilizar una focal más larga podemos mantener un mayor nivel de detalle y resolución en las estructuras que estamos fotografiando.

Por eso un mosaico no consiste simplemente en «hacer una panorámica». La intención puede ser ampliar el campo de visión, aumentar la resolución final o conseguir ambas cosas al mismo tiempo.

Yo lo monto con Hugin, un programa gratuito que permite encontrar los puntos comunes entre las distintas tomas y calcular cómo deben encajar para construir la imagen final.

El resultado puede ser un archivo enorme. En el ejemplo que veremos a continuación, quince tomas terminan formando una imagen de más de diez mil píxeles de ancho.

La escena que no cabía en un solo encuadre termina convertida en una única fotografía, pero conservando el nivel de detalle que permite trabajar con una focal mucho más larga.

Un ejemplo completo: la Vía Láctea sobre el Roque Nublo

Mosaico vertical de la Vía Láctea sobre el Roque Nublo desde el Páramo de la Degollada, en Tejeda
Veintidós fotografías en una sola imagen. Ver la ficha completa.

Esta imagen se hizo junto al mirador del Páramo de la Degollada, en Tejeda, y se compone de dos trabajos distintos que después se unen.

El cielo son quince tomas con un 56 mm, cada una de cincuenta segundos a f/2 e ISO 1250, con la cámara astromodificada. Exposiciones tan largas solo dan estrellas puntuales si la cámara sigue el giro del cielo, así que van sobre una montura de seguimiento; la mía, una Benro Polaris, recorre el mosaico encuadre a encuadre de forma automática.

El suelo es otra panorámica, de siete tomas, hecha en la hora azul: 35 mm, f/5.6, quince segundos e ISO 500. Se captura cuando todavía queda luz natural, porque así el terreno conserva color y textura en lugar de ser una silueta negra.

Son veintidós fotografías para una sola imagen, del mismo sitio y la misma noche.

Llevarlo al extremo: solo cielo

Si se quita el paisaje de la ecuación, el mosaico se puede dedicar entero a la parte del cielo que interesa. Esta es la misma técnica aplicada al centro galáctico:

Mosaico del centro galáctico de la Vía Láctea con nebulosas y bandas de polvo interestelar, fotografiado desde Gran Canaria
Cuatro tomas en dos filas, con el 56 mm. Ver la ficha completa.

Cuatro tomas en dos filas, de cincuenta segundos cada una a f/2 e ISO 800. Con ese detalle empiezan a distinguirse objetos concretos: el complejo de Rho Ophiuchi con sus polvos dorados, la Nebulosa de la Laguna, la Trífida con su corte de polvo, y las bandas oscuras de la Gran Grieta, que no son huecos sin estrellas sino nubes de polvo interestelar tapando lo que hay detrás.

Cómo se ve el cielo moverse

Ese giro que obliga a usar seguimiento en las fotografías es difícil de imaginar hasta que se ve. Este timelapse está grabado esa misma noche y en el mismo sitio, con la cámara fija sobre el trípode, sin seguimiento: son 156 fotografías seguidas, y en ellas el cielo cruza el encuadre mientras el paisaje permanece quieto.

Lo que se mueve no es el cielo, es la Tierra girando bajo él. Y ahí está la razón de la montura: en una fotografía de cincuenta segundos ese mismo movimiento convertiría cada estrella en un trazo. El seguimiento hace justo lo contrario que este vídeo, girar con el cielo para que quede quieto, a costa de que se mueva el suelo.

Qué hace falta

Seguimiento. Es lo único verdaderamente imprescindible. Sin montura no hay exposiciones largas, y sin exposiciones largas el mosaico pierde su razón de ser.

Solapamiento. Cada encuadre debe compartir un margen con el siguiente, en torno a un tercio, para que el programa encuentre estrellas comunes. Si te quedas corto, no hay forma de unirlos.

Método. Conviene disparar el mosaico completo sin cambiar nada entre tomas: misma exposición, mismo enfoque, mismo balance. Cualquier variación se nota en las costuras.

Tiempo. Quince tomas de cincuenta segundos son casi trece minutos solo de exposición, más lo que tarde la montura en recorrer los encuadres. En ese rato el cielo se mueve, así que hay que tenerlo previsto al planificar la composición.

Lo que se gana

Un mosaico no hace una fotografía mejor por sí solo. Una mala composición con diez mil píxeles sigue siendo una mala composición.

Lo que da es la posibilidad de mirar dentro. En una imagen así puedes ampliar y seguir encontrando estructura: filamentos de polvo, nebulosas concretas, el color real de Antares. Y en una copia impresa grande, esa diferencia es lo que separa una fotografía que se mira de una en la que uno se queda un rato.